viernes, 27 de marzo de 2020

MADRID CIUDAD VACIA (1)



Hace mucho tiempo que no entro en este blog de historias ficticias de Madrid, pero esta, aunque lo parezca, no es ficticia,  ni de ciencia ficción. Es real.
El día 12 de aislamiento, cada uno metido en nuestra casa, unos con mejor suerte que otros. Lo digo porque habrá quien tenga jardín, terraza amplia o simplemente un jardincillo. Los que tenemos piso menos, y los que tienen apartamentos de 30 metros cuadrados en los que moverse, ya me dirás, o coges la bolsa y te vas a dar un garbeillo al DIA, Carrefur o Mercadona, si tienes suerte de que te pillen cerca y tardas más de la cuenta o ya me dirás.
Las calles están vacías, no hay bicicletas de “Bicimad” ni (que bien) patinetes, bicos y demás tirados por las esquinas o paradas del autobús. Tampoco terrazas llenas de bebedores de cerveza y picoteo o parados en la puerta del bar, con lo cual se anda por la calle de p.m. Tampoco hay “coperos” dando murga debajo de tu ventana a las tantas. Ojalá estos no vuelvan, pero me temo que sí que volverán a no dejarte dormir. La señora del primero de mi casa está dando palmas de contento de que la dejen en paz. Hacía años que no se dormía así de bien en este barrio, coto ahora de restaurantes y baretos.
Donde sí hay gente es haciendo cola esperando entrar en el “Mi Alcampo” o el “Ahorra más” pero yo, en el “DIA & go” he encontrado de todo e incluso, buenas ofertas. En el Carrefur también entras sin problema y están bien surtidos. El Corte Inglés es el que mejor surtido está y casi sin col en las cajas, Eso sí, los empleados están loco organizando pedidos con carros llenos hasta arriba. Al Mercadona he ido una vez (me queda algo más lejos) y estaba casi saqueado, sobre todo la sección de vinos, pasada ya la fiebre del papel higiénico, botes de lentejas, pasta y tomate frito. (1)
A las 8 de la tarde, religiosamente los mismos de siempre salen a aplaudir. Saco la basura y en la calle de atrás hay gente jugando al bingo desde las ventanas.
A las 9 de la mañana salen viejos reviejos con problema de movilidad algunos, cargados de bolsas o carritos.
Las farmacias están más vacías que al principio. La quiosquera bastante bien surtida de periódicos e incluso el “HOLA” con el marqués griñón en la portada.
Doy una vuelta, el herbolario está abierto, el café La Mexicana también, pero los frutos secos del “Rincón” ahora han cerrado y en el Banco está solo el cajero bien pertrechado.

1.      Para llegar aquí ha pasado ya la histeria colectiva del papel higiénico, el papel de cocina e incluso las servilletas de usar y tirar. He llegado a ver gente con el carro lleno e incluso un paquetón adicional en la mano. ¿Tiene algún uso extra que desconozco?
Continúa en el (2)      

lunes, 24 de diciembre de 2018

Tiendas que ya no están




Cuando voy al centro no puedo por menos que recordar cómo eran muchas de las tiendas por las que paso, y no hace tanto tiempo. Tiendas que habían sido de toda la vida han desaparecido por completo y ahora hay… otra cosa que antes no había como tiendas de recuerdos, de chinos o donde tomar algo rápido. Algunas (pocas) se conservan y espero que por muchos años.
La que más echo de menos es Galerías Preciados, ahora la Fnac, en Callao, que fue la primera cafetería en una planta alta a la me llevaba mi abuela. Luego cogió el edificio del hotel Florida también en Callao y que ahora es el Corte Inglés. Lo mismo vale para el edificio de Goya, creo recordar un antiguo colegio.
De mi antiguo barrio recuerdo la librería Aguilar en la esquina de Serrano y Jorge Juan, que luego fue Crisol, las Mantequerías Lyonesas, en Serrano con Goya, Hesperia, pastelería en la calle Goya o las Hermanos Rodriguez, en la esquina de Velázquez junto a mi colegio y que aún nos hace salivar recordar su olor a bollo cuando me reúno con antiguas compañeras.
El mercado de La Paz, era un mercado de lo más vulgar, de los de compra diaria, y no gourmet, debajo de mi casa estaban las muñecas mariquita Pérez y un poco más allá, en la esquina de Villanueva, las perfumería Alvarez Gómez.
Como no, recuerdo las cafeterías California, sobre todo la que quedaba entre Claudio Coello y Lagasca, las Ilsa-Frigo, especialmente la de Marqués de Valdeiglesias, ambas favoritas de mi abuela, donde me llevaba a merendar tortitas y batidos, nada que ver con “Dólar, cafetería americana” con abundancia de guiris es su terraza en el cruce de Alcalá y Gran Vía.
De mi barrio no puedo olvidarme de los almacenes que Celso Garcia puso en Serrano esquina con Ayala y que acabo convertida en mi favorita: un Marks and Spencer que me tuvo al borde de la ruina unos cuantos años y ha acabado siento un Corte Inglés de moda masculina en el que nunca hay nadie, por mucho qye pusieran un Diverxo en la última planta..
Más modernas fueron las “Coronel Tapioca” de las que ya no quedan restos, pero fueron durante años referente para viajero en grupo organizado que presumían de intrépidos.
Vuelvo al centro… a los caramelos de La Pajarita (Puerta del Sol, 6) ahora en la calle Villanueva, que ya no tiene nada que ver con aquella, las lanas del Gato Negro, el señor gordo en camiseta y pantalones  interiores de algodón blanco de La Camerana, o una tienda que tenía telas para hábitos (sí, entonces había gente que vestía “hábito”, como los de las estatuas religiosas y creo recordar estaban en la calle Postas o La Sal, donde solo queda la Antigua Relojería, o las feas ortopedias de la calle Carretas, que daban yuyu…
Ni mi antiguo bario ni el centro, son ya lo que eran.  

lunes, 15 de febrero de 2016

TIENDAS "BARATIMONAS"

Ultimamente han surgido como setas esas tiendas de puñetitas capricho a buen precio queno stienen locas, la mar de cuquis, pity o como se diga vulgarmente.
Hay de todo, aunque algunas están especializadas en una cosa y otras en otra, así no se quitan la clientela, sales de una y te metes en la otra. Puedes encontrar material para trabajos manuales, para la casa, cocina, decoración, cosas de comer, "accesorios" (pendientes, fulares, gafas...) cositas para los niños, a los que siempre se les antoja algo, para coser...
Suelen cambiar el estilismo de los productos cada cierto tiempo (unos 15 días) así que lo que tienen hoy, a lo mejor después ya no lo tienen, o hay que esperar meses hasta volver a encontrarlo.
El personal, por lo general, suele ser joven y te atiende bien.
(Estoy esperando que vuelvan a tener unas tijeras estupendas que compré por un euro y nada... no hay manera)
TIGER, es danesa y quizás la mas completa, así como la primera que se instaló. Tiene ya un montón de tiendas. papelería, trabajos manuales, cocina, baño, un poco de todo. En temporada, disfraces para niños,  tocados y sombreros por menos de 5 euros.
ZACCA, no sé de donde es, pero tiene muchas cosas estilo japonés, cuencos, cuadernitos, cosas para mascotas, etc.
HEMMA, holandesa, que también está extendiendo su franquicia, Lo mejor, las cosas para la casa, galletas, chocolates, y cosas así de picar. (Bizcochos un euro, patatas fritas 0,50) De papelería tiene bastante también, bolis y cuadernos cuquis al lado de sobres y carpetas normalitas.
HALE HOOP, la que suele tener una vaca en la puerta, Un poco mas tirada que las otras, pero mas "pop", suele estar llena de turistas comprando regalitos para llevar, porque están en el centro.
MUY MUCHO, con pretensiones de decoración tipo provenzal y campestre pijo. Mucho blanco y mucha madera pintada. precios no están mal, pero tampoco tirados.
Y todo ¿por qué? Pues yo creo que para hacerle la competencia a IKEA, que para mí es la reina de las puñetitas de todo tipo, tamaño y condición, pero suele estar en el quinto pimiento.

martes, 8 de diciembre de 2015

GENTE GUARRA

Por mucho que la alcaldesa se empeñe e inicie una lucha encarnizada por la limpieza ( y que conste que estoy encontra de la peregrina idea de que los niños recojan las colillas) no tendrá resultado si la ciudadanía no colabora. Y somos pocos los que lo hacemos.
-Hablando de colillas, los fumadores las tiran al suelo directamente. eso es una guarrería.
-Guarrería es también mear en la calle, y lo siguen haciendo (los tíos). el, otro día a las 1230 de la mañana, en la plaza de Felipe II,uno lo hacía tranquilamente junto a un árbol. Y no era un crío.
-Guarros son quienes se ahorran el trabajo de ir a un Punto Limpio y dejan los deshecho en la calle. Ropas, muebles, electrodomésticos...de todo. No digamos ya restos de obras o de pintura (botes medio llenos, papel hecho un asco...) donde estén los depósitos de reciclar papel y vidrio.
-Guarros son los de las tiendas que tiran cajas y no se molestan en desmontarlas para que quepan en el container y hacen la delicia de los rumanos del camión).También son guarros porque se meten dentro y los tiran fuera dejándolo todo hecho un asco.
-Los de los bares y cafeterías que sacan botellas de plástico de leche o de lo que sea, también donde los depósitos de reciclaje en lugar de dejarlos para que se los lleve la basura. Algunos reciclan el vidrio, pero echan tanta botella que los colapsan, así que las dejan fuera. ¿Y si tuvieran ellos uno propio?
Otros dejan cajas tiradas enormes de poliestireno que huelen a pescado que atufan, cajas de fruta y  todo lo que se les ocurre, muchas veces regado con a la correspondiente meada.
-Odio especialmente a los repartidores de propaganda. En cruces con mucha gente he contado hasta cuatro y mas. Te largan el papel, que por lo general no te interesa nada,  y, o esperas llegara a una papelera cercana (que suele estar a rebosar porque muchos han tenido la misma idea,tan a rebosar que se salen fuera), o sigues con él en la mano hasta llegar a otra mas lejos. pocos tienen tanta paciencia, así que, alá, al suelo.
-Lo de los perros ya no tiene nombre. Muchísimos dueños siguen dejándolos hacer sus cosas donde sea.... No pasa nada.
Así, ¿Como v a a estar limpio nada?

martes, 18 de agosto de 2015

PARQUE DEL CAPRICHO



UNA AMIGA MUY ESPECIAL
PARQUE EL CAPRICHO


Madrid, años 40
Vivo en un Palacete pero no pertenezco a la nobleza, nada de eso, más bien todo lo contrario. En realidad donde vivo es en la casita destinada a los guardases de la finca. Yo soy su hija.
Estamos aquí desde el final de la guerra porque a mi padre le concedieron el trabajo como favor ya que es herido de guerra.
Como esto son las afueras de Madrid el lugar, aunque muy bonito también es solitario y aunque el tiempo se pasa  ayudando a mis padres en sus tareas y repasando mis lecciones junto a la lumbre mi vida resulta un poco monótona. Envidio a las chicas de mi edad que veo van en autobús al centro a divertirse. Yo no puedo hacerlo. Quizás si me empeñara un poco podría conseguir el permiso, lo que no conseguiría es el dinero y, si me lo dieran, sé que supondría un esfuerzo para mis modestos padres.
A veces pienso que podría irme a Madrid a trabajar para ayudarle un poco, aun    que fuera a servir en una casa pero soy su única hija y ellos, aunque no lo digan, me necesitan aquí. Cuando lo dejo caer así, de pasada, me dicen que lo que yo tengo es la cabeza llena de pájaros. Como por aquí apenas vive nadie no tengo amigas. Por eso me puse muy contenta cuando conocí a Dorita.
El palacete donde vivo, bueno, donde trabajan mis padres perteneció a los duques de Osuna y está rodeado por un precioso parque. La finca se llama El Capricho y sigue siendo bonita a pesar de que aquí estuvo la Junta Central de la defensa de Centro y  cavaron túneles que se utilizaron como búnqueres aunque está un poco descuidado. Mi padre hace lo que puede. En el parque hay un laberinto como en el cuento de “Alicia en el país de las maravillas” que es mi favorito, formado por setos de laurel. En invierno y bajo la niebla da un poco de miedo, pero ahora es otoño y no da tanto, así que cogí uno de mis libros y me fui a leer un rato por allí cerca hasta que oscureciera sin que nadie me molestara. Bueno, en realidad, aquí no te molesta nadie ni queriendo. Cuál no sería mi sorpresa cuando por allí, sentada en un banco encontré a Dorita.
Dorita me pareció muy guapa con aquel peinado de tirabuzones rubios recogidos con un lazo y su vestido de puntillas. Se cubría los hombros con una capellina de piel blanca y resultaba de lo más elegante, aunque tenía un no sé qué de antiguo.
-Hola, soy Dorita-se presentó.
Al principio no me gustó encontrarme con nadie. Acostumbrada a pasar todo el tiempo sola  me llevé un poco de susto con  lo inesperado del encuentro en un lugar que consideraba que era mío aunque no lo fuera pero tenía una cara tan simpática y actuaba con tal desparpajo que me cayó bien.
-Anda, siéntate un rato conmigo-me  ofreció haciéndome sitio en el banco aunque había de sobra para las dos.
Aún así, no sé por qué, pero sentí la obligación de obedecer.
-Nunca antes te había visto por aquí-dije en un intento de entablar conversación.
-Hace mucho que no vengo, aunque antes solía hacerlo a menudo. Hoy va a venir mucha gente.
-No tenía ni idea. Seguro que mi padre no sabe nada.
Dorita empezó a hablar y a contarme cosas y sin darme cuenta pronto estuvimos las dos sumidas en agradable conversación.
-Anda ven, vamos a dar un paseo-ordenó con aquel tono suyo que a mí me sonaba porque es el que suelen utilizar ciertas personas e clase alta.
Empezó a andar y yo la seguí. Parecía conocer el lugar tan bien como yo. En el palacete empezaron a encenderse luces y, de pronto, sin saber de dónde,  apareció una calesa tirada por dos caballos con su cochero y todo.
-¿Acaso están rodado una película?-pregunté.
Dorita se encogió de hombros.
-No tengo idea de que sea una película-respondió extrañada.-Ni Siquiera sé lo que es.
-Pues eso que ponen en el cine. “Lo que el viento se llevó” y así.
Como su nueva amiga continuara con cara de no entender, me olvidé del tema, y eso que yo estaba ya un poco extrañada, pero en cuanto crucé el paseo siguiendo a Dorita, me olvidé del coche. Subimos hasta el templete de Baco, con sus columnas y la estatua del dios en el centro. Allí empezó a llegarnos el rumor de voces y una música lejana.
Unos niños pasaron corriendo a nuestro lado seguidos por el aya. Subimos hasta el fuerte que hay sobre un pequeño lago y detrás, en la zona de los columpios había más niños, con sus amas, unos en los balancines, otros con sus aros y niñas saltando a la cuerda. Aquello empezaba a ser de lo más raro y no pude menos que sorprenderme.
-No tenía ni idea de que fuera a venir tanta gente.
-Ya sabes cómo son estas fiestas-respondió Dorita, a quien todo parecía de lo más normal. Incluso se detuvo a hacer carantoñas a un bebé que estaba en su cochecito.-Y ahora, ya sé que vamos a hacer… vamos a subirnos a una barca.
-Pero no tenemos permiso. Se enfadarán si nos ven.-protesté temerosa.
-Quita, quita, que se van a enfadar. Tú eres mi amiga.
Conocía el camino tan bien como yo, como si hubiera vivido allí toda la vida y no parecía tener miedo a nada, así que nos dirigimos a la caseta del embarcadero. A pesar de su vestido elegante subió con agilidad y me ayudó a subir a mí. Luego empuñó los remos y bogó por la ría hasta el casino de baile. Es un edificio pequeño junto al agua y en su base hay una catarata y la estatua con la figura de un jabalí. Allí solían celebrarse los bailes de verano y al parece, hoy también había uno del que yo no tenía noticias. La música crecía en intensidad según nos acercábamos y tras las contraventanas, abiertas de par en par, se podían ver las luces del salón de arriba y a los invitados pasándolo muy bien. Me gustaba tanto lo que estaba viendo que no quise plantearme nada más.
Dorita detuvo la barca al pie de la escalera y saltó a tierra con agilidad.
-¿Estás segura de que podemos entrar ahí?-pregunté. Mil veces me habían dicho que no se debe hacer nada sin el debido permiso para ello.
-No te apures. Nadie va a decir nada.
Un criado con librea salió a nuestro encuentro. Entonces fue cuando me empecé a sentir molesta de mi atuendo sencillo. De mi abrigo descolorido a pesar de haber sido dado la vuelta, que tenía algún zurcido pretendidamente invisible hecho por mi madre y que me estaba algo pequeño ya. Me avergoncé de no llevar el calzado adecuado y de mi pelo algo desgreñado.
-Anda, vamos. Tu vienes conmigo-mandó Dorita casi empujándome escaleras arriba.-Además voy a presentarte a mi novio. Verás, es el chico más guapo de todos los aquí presentes.
-No sé si debería…-insistí. Desde luego nadie iba a querer conocerme con aquellas pintas que llevaba.
Me quedé boquiabierta al ver el salón en todo su esplendor. Nunca antes había visto nada semejante más que en las películas. Jóvenes damiselas con vestidos de seda y abanicos de marfil bailaban al son de la pequeña orquesta con apuestos caballeros. Reconocí un famoso vals. Todo parecía de otra época. Me quedé boquiabierta. Un suave codazo de Dorita me sacó de mi ensimismamiento.
-Abajo, en el parterre han puesto unas mesas y seguro que hay pasteles. ¿Te apetece tomar uno? También habrá helados y horchata.
¡Por supuesto que me apetecía!  Una chica se acercó a nosotras y me miró. Creí morir del apuro. Sin embargo, me sonrió.
-Me encanta tu vestido- me dijo.
¿Qué vestido? ¿Cómo podía gustarle mi viejo abrigo? Se lo hubiera cambiado por el suyo, de color verde claro en aquel mismo momento y sin dudar. Dorita no había mentido. Las mesas estaban a rebosar de pasteles. Más de lo que yo había visto en mi vida. Sin embargo me dio miedo. Si se enterasen mis padres de lo que estaba haciendo me iba a caer encima una buena. “Seremos pobres, pero honrados. Nunca se coge lo que no es de uno”. Y menos en un lugar al que no has sido invitado, añadí yo.
-Anda, anímate, ¿cual prefieres?
Alargué la mano y cogí uno. Era de hojaldre suavísimo, relleno de crema y se deshacía en la boca al modelo. El vaso estaba helado y la horchata que me sirvieron era la mejor que había probado.
-¿Ves? Aquel es…mi novio. No dirás que no es guapo.
No me dio tiempo a dirigir la vista hacia donde Dorita me indicaba. De repente todo, absolutamente todo, las mesas llenas de pasteles, los encantadores jóvenes bien vestidos, la música, las luces del casino de baile y hasta Dorita. El parque quedó de nuevo sin vida, como debería haber estado y yo me quedé allí, rodeada por la oscuridad. Empecé a temblar muerta miedo.  Me alejé de allí corriendo a riesgo de tropezar y caerme en la oscuridad. Bajé pasando por delante de la ermita y dejando la casa de la vieja que ahora me parecía la casa de una bruja, a la derecha. Solo el conocer el camino perfectamente evitó que me cayera o me perdiera. No me paré hasta llegar a casa.
Mi casa estaba igual que siempre. Sólo entonces me sentí a salvo, no sé de qué, pero a salvo, aunque aún creía tener el regustillo del pastel y la horchata en la boca. Ni que decir tiene que nunca jamás volví a ver a Dorita después de aquel día que, por cierto, era el 31 de octubre. Aún recuerdo la fecha, a pesar de los años transcurridos y de conseguir una beca para estudiar he llegado a ser una escritora famosa. Aún así no he perdido la esperanza y la llamo cuando vuelvo de visita al parque de El Capricho; “Dorita, ¿estás por aquí?”, digo, pero ella nunca responde.
Dorita tenía el mismo nombre que una chica que según me enteré, se había ahogado el siglo pasado en la ría.